PREGÓN FIESTAS PATRONALES 2008. D. José Ballesta Germán

Texto íntegro del Pregón de las Fiestas Patronales 2008 a cargo del Excmo. Sr. Consejero de Obras Públicas, Vivienda y Transporte.




En torno a la fértil vega que origina la confluencia de los ríos Segura y Mula se extiende la villa de Alguazas. Este pregonero detiene sus pasos y se vuelve para contemplar tan impresionante paisaje. Palmeras, tarayes, baladres, tomillares, cañizales, producto de la humanidad se alzan alrededor… Al atardecer, sobre todo en invierno, cuando el sol se aleja dejando caer su oro sobre el campo, el lugar parece barro recién salido del horno… Cielos, nubes, montañas, colores, vientos, claridades. Toda la belleza intacta del paisaje murciano. Alguazas erguida en hermosura.

 

Nada mejor que las palabras del poeta Sánchez Bautista que ha recorrido todas las tierras de Murcia, contemplado sus espectaculares montes, como de gleba, y admirando las puestas de sol en sus fértiles huertas alegradas con palmeras, para que este pregonero inicie su cometido.

 

Fiestas en Alguazas. Fiestas en honor de San Onofre y San Antonio. El aire de Alguazas se llena de sentimientos.

 

Sentimientos a veces lejanos y escondidos, pero que se hacen nuevos cada año. Tantos seres queridos que no pueden venir este año, tantos seres entrañables que nos dejaron y que tenían en las fiestas puesta su mirada durante todo el año. El traje nuevo, los zapatos a estrenar, el griterío de los niños, el volteo de campanas, los pasacalles, la romería, las rondallas.

 

Es Alguazas. Una tierra poblada desde la Prehistoria como demuestran los hallazgos realizados en la “Loma de los Peregrinos” o el “Cabezo de la Zobrina”. En torno a la confluencia de los ríos Mula o “Riacho”, topónimo más usado por los Alguaceños y Tader (o Río Segura), se asentó muchos años después, en la Edad Media una pujante Comunidad morisca.

 

Fueron aquellos habitantes árabes los que diseñaron sistemas de riego haciendo repartir el agua por acequias, brazales y partidores, fueron ellos quienes en memoria de Palmira y enamorados de su lejana patria plantaron aquí las erguidas palmeras que entonan el paisaje de nuestra tierra, ellos quienes transformaron en vergel las huertas del valle que producían miel, y almendras, pasas, azafrán y lino, ciruelas y albaricoques. Compararon los poetas musulmanes el suelo de Murcia con el de Egipto; el río Tader o Segura con el Nilo; las terribles inundaciones de nuestra tierra con las benéficas del río sagrado. Fueron aquellos agricultores de Egipto y Arabia los que hicieron de este valle el jardín oriental de Al-Andalus.

 

Pero aquellos primeros alguaceños fueron expulsados por su condición de moriscos. Y en su partida hacia el exilio la tradición describe la tristeza grande y profunda que se retrata en el tostado semblante de aquellos moradores islamitas, gente valerosa, llena de ánimo franco y liberal. El poeta árabe-murciano Hazim Al-Qartayanní, nacido en el Reino de Murcia en 1211, y muerto en el exilio tunecino, describió así su melancolía.

 

"Por el paraíso de la tierra vagué, amigo mío, y ahora, lejos de allí, tengo el corazón entre tinieblas.

 

Ese paraíso, lugar donde todas las alegrías hacen alto, es Murcia, patria de mi solaz y morada de mis gozos.

 

¡Cuánta gente dulce y dichosa hay entre tus arrayanes! ¡Y cuanto sosiego!

 

¡Cómo recuerdo la corriente de tu río alejándose de ti, que contemplaba desde la orilla elevada, aguas arriba!

 

La primavera en los prados, campos y colinas, regadas por las primeras lluvias"

 

Ibn Said, otro poeta del siglo XII, también nos deja en sus versos de ausencia la evocación de Murcia

 

Y también,  Murcia mía, con tu recuerdo lloro,
pasaron estas dichas, pasaron como un sueño;
nada en pos ha venido que las haga olvidar;
cuando Egipto me ofrece menosprecio y desdeño;
de este mal de ausencia no consigo sanar.

 

Cantan Said y Al-Qartayanni a su tierra murciana y cantan a España entera, desde su exilio, recordando a su tierra natal.

 

Pero ahí no acaba la historia. Cuentan las crónicas y describen los historiadores que muchos regresaron desde las tierras lejanas a las que habían sido deportados. Volvieron a Alguazas y repoblaron todo el valle.

 

En la segunda parte del Quijote, Sancho se encuentra a un morisco que regresa a su pueblo, disfrazado con un hábito de romero, después de haber sido expulsado de los reinos de España él y todos los de su nación. Son, sin duda, dos de las páginas más conmovedoras de nuestra literatura, regadas por las lágrimas de ese morisco que relata la pena de verse alejado de su patria. "Lo más terrible que nos podía dar", dice, y añade "Doquiera que estamos lloramos por España; que en fin, nacimos en ella y es nuestra patria natural; en ninguna parte hallamos el acogimiento que nuestra desventura desea".

 

Y, sin embargo, nada tienen que recelar los islamitas murcianos del monarca de Castilla, el Rey Alfonso X, quien, como blasón y emblema de la grandeza de Murcia, borda en el pendón concedido al reino cinco reales corazones, con los que alude a los cinco principados que constituyen el Reino. El Rey Alfonso X el Sabio acude solícito y generoso a preservar los restos de la cultura mahometana, respetando propiedades, amparando los derechos y mostrándose con largueza protector de los mudéjares. Conserva a los murcianos su administración propia con su rey de la estirpe de los Ben-Hud, su aljama o concejo y su justicia mayor; otorga el beneficio del mercado semanal y atiende al embellecimiento y mejora de la población con muchas y muy estimadas exenciones que alcanzan por igual a musulmanes, cristianos y judíos.

 

Así, el topónimo Alnaça, aparece en una de las Cantigas de Alfonso X el Sabio, concretamente en la número 382, versos 48 y 63, en la que hace referencia a las quejas recibidas de un alguaceño, que había sido desposeído de su heredad.

 

Toda la historia de este pueblo se nos aparece como un enjambre convertido en el más variopinto ensamblaje de etnias y culturas. Es un modelo a pequeña escala de lo que ha venido sucediendo en toda la región de Murcia.

 

Por ello, hablar de las costumbres de los murcianos es hacerlo de las singularidades de un pueblo que, a lo largo de los siglos, ha sido cruce de caminos, encrucijada de civilizaciones y tierra de fronteras. Las costumbres de los murcianos son innumerables y difíciles de describir: nuestro lenguaje, nuestras tradiciones y creencias, leyendas y cuentos, labores y objetos, recuerdos y juegos, cantos, músicas y danzas, constituyen un patrimonio singular que hace que muchas veces adoptemos actitudes basadas en la costumbre. Se ha llegado a decir que el murciano piensa y discurre por costumbre; que estas costumbres son suyas, y casi todas, indefinibles, inexplicables.

 

A la hora de pretender definir en qué consiste eso que llamamos identidad murciana se acude a respuestas difusas. Somos distintos, se dice. Se apuntan definiciones por exclusión: no somos andaluces, ni manchegos, ni por supuesto valencianos. Caro Baroja, en sus apuntes murcianos, señala en 1950: “Murcia es una encrucijada de las más típicas que hay en España, donde se cruzan lo castellano-manchego, lo aragonés, lo valenciano, lo alicantino y lo andaluz de un modo matizado y gradual”.

 

Murcia ha sido a lo largo de la historia tierra de fronteras. Es posible que la personalidad del murciano surja como consecuencia de la amalgama de los pueblos circundantes y que la Región de Murcia tenga sus señas de identidad en la síntesis, en el mestizaje. Efectivamente, nuestra querida tierra murciana, ese territorio arrinconado en el mapa de España, ha estado emplazado, desde sus orígenes, entre cartagineses y romanos, entre visigodos y bizantinos, entre castellanos y aragoneses, entre cristianos y nazaríes, entre españoles y berberiscos, a orillas del mediterráneo. Situado en una auténtica posición de encrucijada, nuestro rincón suresteño ha sido desde siempre una frontera animada, como testimonia la orla de castros, torres y castillos que circundan el antiguo reino de Murcia y que tan pródigamente han proyectado su imagen y sus símbolos sobre nuestros escudos. Lo propio del genio murciano ha sido ensamblar, de manera singular, todas estas culturas, fecundarlas recíprocamente, para generar en el presente, una síntesis histórica de una personalidad cultural irrepetible.

 

Somos, los murcianos, habitantes de un lugar de España a caballo entre culturas y formas de ser distintas, todo lo cual contribuye a configurar nuestra natural y privativa forma de ser. Siempre será poco cuanto hagamos, los que nos sentimos arraigados en el solar de este viejo Reino de Murcia para hacer compatible y complementaria nuestra pertenencia a ese cuerpo superior que llamamos España con nuestro legítimo patriotismo local; por mantener vivas unas formas de convivencia y de civilización, ese peculiar humanismo murciano en el cual convergen todos nuestros particularismos, y que tan característico es de la auténtica identidad murciana.

 

El Prof. Jover Zamora, nacido en nuestra región, catedrático de historia en la universidad complutense de Madrid y medalla de oro de la región, escribe sobre los murcianos: En el fondo, somos uno de los pueblos más viejos de España, con sus raíces a orillas del Mediterráneo, entre las colinas y las calas de Cartagena, Mazarrón y Águilas, a través de los cuales penetró en nuestra tierra la civilización y la lengua de Roma, el cristianismo, las corrientes liberales y democráticas de los últimos siglos e incluso el mismo principio federativo que actualmente ha constituido el fundamento de la nueva Europa. Somos uno de los pueblos más viejos de España; pero hoy somos uno de los más jóvenes, con una de las tasas de natalidad más altas de la nación y con una capacidad de iniciativa dentro y fuera de nuestra tierra que ha venido a hacer realidad viva, la bella y fuerte definición que de nuestro pueblo nos legó Miguel Hernández: “Murcianos de dinamita – frutalmente propagada-.


 

Pero ara definir la personalidad del murciano lo primero que acude a la mente es un peculiar humanismo: una peculiar civilización basada en la valoración del otro por su condición meramente humana antes que por su ideología, caracterizada por su proyección afectiva hacia lo pequeño y débil – ese diminutivo en “ico”, que dice más que muchos libros acerca de la idiosincrasia del pueblo que lo aplica en su vida cotidiana-; por la primacía de la relación personal sobre la escueta relación ciudadana que resulta de distintos emplazamientos sociales, políticos o ideológicos; por las reacciones espontáneas de humana solidaridad que brotan ante la desgracia ajena; por sorprendentes manifestaciones de una ética colectiva, practicada contracorriente, como cuando el pueblo y los señores de Murcia sabotearon en el siglo XVII, contra el mandato real, la expulsión, de los moriscos del reino de Murcia, o como cuando los vecinos de Santa Lucía y Fuente Álamo contribuyeron al salvamento, acogieron y cuidaron fraternalmente, en plena guerra civil, y por encima del antagonismo de bandos, a los náufragos del Castillo de Olite.

 

Nuestro genial pintor Ramón Gaya, también Doctor Honoris Causa por la Universidad de Murcia, define de la siguiente manera su concepto de Murcia:

 

Ahora, después de los años, cuando cuento con unos días o unas semanas, vuelvo tercamente a Murcia (o a este sitio en donde estaba aposentada Murcia), no para verla -pues demasiado sé que no queda apenas nada de su corporeidad visible-, ni para recordarla -pues para ello no necesito ir-, sino para tener, una vez más, la ocasión de toparme, materialmente, con esa especie de ... hálito suyo, único, inconfundible para mí, aunque, como digo, ignore su identidad; porque no estoy seguro de que eso, eso tan tenue, y tan perenne, tan firme, sea en verdad un hálito; afinando el oído, se diría más bien como un leve espesor del aire, como una sutil carnalidad de aire, de un aire que no es, desde luego, el aire tierno, suculento, de lo levantino -un cierto Alicante, un cierto Castellón, una cierta Valencia-, porque Murcia no es levantina, ni, por otra parte, andaluza, como se puede tener la tentación de suponerla, ni tampoco mitad y mitad, como podría pensarse por su situación fronteriza. Todo aquello que lo murciano pueda tener de levantino y de andaluz -que, sin duda, tiene- es más bien un tanto externo, por fuera, y como de pasada, casi de refilón. Esa preciosa y enigmática sustancia última (o mejor, primera) de lo murciano.

 

Por otra parte, que duda cabe de que la existencia de un paisaje singular, de un entorno ambiental diferenciado, es también uno de los elementos sobre los que se sustenta nuestra identidad. En este sentido debe entenderse la bellísima  descripción que el médico, humanista y científico Luis Valenciano hacía del paisaje murciano en el que destacaba tres elementos fundamentales: el color, la forma y la dimensionalidad. Así definía el paisaje: “colores suaves no calientes (el verde, el azul del cielo), el blanco; riqueza de formas recortadas y cercanas: naranjos, limoneros, moreras, frutales, cañaverales; escasez de horizontes, los árboles tapan la huerta, y las montañas también a distancia media, ni tan próximas que abruman ni tan lejanas que pierdan realidad; cierran el espacio y retornan la mirada a lo inmediato y entrañable, sin afanes de lejanía y aventura. El paisaje huertano por sus colores actúa afectivamente en el sentido de la adaptación, de la buena relación con el medio, del apego a la realidad; la riqueza de formas concretas y próximas, captadas más por el intelecto, refuerza el ajuste; y por último, las peculiaridades de su dimensionalidad, si en Castilla no hay curvas, en Murcia no hay lejanías… Para decirlo en pocas palabras: el paisaje de la huerta es, para el hombre, centrípeto; para emplear una expresión antropomórfica, maternal. Por ahí podrían explicarse algunas facetas del hombre murciano”.

 

El humanismo murciano, algo de tan difícil explicación, de tan compleja definición. Algo que se manifiesta día a día en unos modos de comportamiento, en unas pautas de actuación generales de todos los que hemos nacido y vivido en esta tierra: inquietos, un tanto desordenados, bastante informales, líricos, sensibles, a veces tímidos, siempre pródigos y generosos hasta el extremo, soñadores, hospitalarios, algo petulantes, amantes de la familia y de los nuestros, de la calle, del sol, tiernos, ingenuos y un punto infantiles.

 

Como muy atinadamente nos recuerda el Prof. García Abellán: La herencia árabe, transmitió a los murcianos sensibilidad, comunicación, diálogo, ejercicio mental, cultivo de las artes, buenas maneras y un punto de tolerancia, todo lo cual contribuye a configurar nuestro natural y privativo talante. Otra cosa es la molicie, ese culto apego a lo calmo y moroso, que hace del murciano, para ciertos usos, un tipo sosegado y dilapidador del tiempo, de su propia y bien entendida existencia. Así hay que valorar a las tempranas fuentes del siglo XII cuando lo dibujan como “amigo de la holganza y de la diversión", como hay que entender por ese camino y muchos siglos más tarde el jesuita Murillo, quien en tiempos de Felipe V nos veía como “gente liberal, piadosa, compasiva, dada al regalo, al ocio, afable, ingenua y cariñosa”.

 

Pero las influencias más decisivas nos llegaron de la civilización cristiana occidental. Las órdenes de caballería y aquellos obispos guerreros que en la Alta Edad Media circularon profusamente por las tierras del Reino de Murcia. De ellos tenemos múltiples legados, como vuestra iglesia parroquial. Construida sobre una antigua mezquita y cubierta por un precioso arte mudejar.

 

La herencia cristiana recibida de aquellos monjes-soldado, se manifiesta en la fe recibida de nuestros mayores, en la austeridad de vida, en la inquietud por conocer nuevos horizontes, en la capacidad de trabajo y en vuestro permanente estado de búsqueda de un futuro mejor para vuestros hijos. El alguaceño ama la familia. Se siente un rey con todos sus hijos a la mesa. Un patriarca bíblico que reuniera su prole en torno a él no es tan feliz como un alguaceño viendo a sus hijos que comen, visten, estudian, y que todo tiene su origen en su trabajo y en el de su esposa, la mujer de Alguazas para la que el pan de sus hijos es sagrado, es algo con lo que no se juega.

 

Mujeres con estirpe y gallardía
Mujeres de coraje y reciedumbre
Mujeres de balcones floreados
Mujeres por el sol endurecidas
Y con toque sutil de luna llena
Mujeres sin escudos ni blasones
Que tienen en el trabajo su nobleza…
Mujeres de mirada penetrante
Y caricia sugerente y siempre tierna
Mujeres que han hundido sus raíces
En los surcos profundos de la vega.
Mujeres que destilan por sus poros
El orgullo de ser ricoteñas
Así son las mujeres de este pueblo
Así son las mujeres de mi Tierra.

 

El alguaceño trabaja o se divierte, se alegra o se entristece con intermitencias. En el trabajo pone tenacidad y capacidad de sufrimiento –que no sabrán los campos franceses o las fábricas alemanas del sudor y las lágrimas de los hombres de esta tierra- pero, al mimo tiempo sabe saborear el descanso, recreándose en una conversación chispeante, llena de gracia y agudeza –porque el alguaceño es listo como el hambre-, ocultando su fino ingenio, capaz de dominar sobre cualquier situación de la vida cotidiana, bajo una exagerada –y quizá por ello falsa- capa de rudeza. En mis lecturas sobre vosotros he podido comprobar una de vuestras peculiaridades que me ha fascinado. Con naturalidad usáis el apodo para referiros a vuestros vecinos y amigos. Esto, que a los oídos de algún  intelectual engreído y ampuloso puede sonar raro, demuestra realmente la grandeza de un pueblo.

 

Mucho más recientemente, el Profesor Jover Zamora, afirmaba sobre las características del murciano: “La cualidad extraordinaria que presenta el murciano es la tolerancia, el respeto al hombre por encima de todo”. Pero la afirmación que más me ha impactado, no sé a ustedes, es la siguiente. Al ser preguntado acerca de cuales han sido los murcianos más influyentes de este siglo que acaba, responde de un tirón: “Los que todavía, al morir, ponen en su esquela el apodo para certificar más su personalidad. Han sido los que han tenido que emigrar, los que durante la Guerra civil, en esta tierra apenas mataron adversarios, los que mantienen esa “humanidad murciana” y los que ven en el otro un ser humano como él y una persona, que por el hecho de serlo, tiene derecho al respeto. El murciano cualquiera. Ante los ojos de Dios, para mi que soy cristiano, esos son más importantes que los que hacen grandes cosas y vienen en los libros. He improvisado, concluye, pero eso es lo que llevo dentro “

 

He pretendido mostrarles que hablar de las costumbres de los murcianos, es hacerlo de las maneras de un pueblo compuesto por gentes de muy diverso origen que han encontrado acomodo en él y que tienden su mirada a un entorno en el que se mezclan los más diversos elementos naturales y culturales hasta hacerlo un crisol bien representativo de ese cuerpo superior que llamamos España. Porque nuestro regionalismo, nuestra idiosincrasia, nuestra diferencia no es exclusivista ni excluyente. No hay localismos. No tenemos un Rh especial, ni siquiera un color de tez único. No existen los sectarismos, que tanto daño hacen en otros lugares de nuestra querida España. Aquí acogemos a todos los hombres y mujeres de buena fe que vienen a vivir en paz. Incluso con exceso. No importa. Pero también nos gusta que exista reciprocidad.

 

Conviene que este pregonero vaya concluyendo su misión. Pero no sin antes expresar mi agradecimiento más sincero a todos los que han hecho posible mi presencia hoy aquí. Gracias Alcalde. Gracias queridos amigos de Alguazas.

 

Que tengáis unas felices fiestas. Que aprovechéis todas vuestras bellas tradiciones y momentos de encuentro y confraternización.

 

Las fiestas de Alguazas del año 2008 llaman a nuestra puerta. Es el compromiso de la cita anual de Alguazas con su propio espíritu, con su historia. Es la expresión externa y concreta, en la calle, de algo que está más allá del espacio y del tiempo. Es la plasmación del mismo espíritu de distintas generaciones que se unifica y condensa en el breve tiempo de unos días. Y por eso todo tiene un sentido ritual, y por eso estos días son diferentes a los demás. Es un amanecer distinto, un sol distinto, un aire distinto, un tiempo distinto que corre más aprisa y que quisiéramos agarrarlo, pararlo, hacernos con él para saborearlo mejor.

 

En esta noche, muy especial para mí, siento que mi tierra murciana me habla, nos habla a todos y nos dice: Soy la tierra de colores calientes y notas deliciosas de luz. Soy Murcia, la de la felicidad atmosférica. La de las sequías tórridas y la de las continuas avenidas del río, la hija de la luz como la bautizara nuestro ministro Ibn Arabí, la de la dulzura del clima y la claridad en el aire. La de la gente acogedora. La del canto ancestral de los auroras, con voces varoniles de la huerta, al Compás de la campana. La de las caras alegres de los niños. La que lleva en sus aires zonas de parrandas, fragancia de huertos, leyendas ci, retazos levantinos, señorío castellano y monumentalidad barroca.

 

Y concluyo recordando las palabras de un ilustre compañero en la Universidad de Murcia, el Profesor Flores Arroyuelo, en las que define, a través de los sentimientos, ese concepto de identidad murciana que hoy, he querido compartir con ustedes:

 

“Se dice con demasiada frecuencia que se ama lo que se conoce, pero también es cierto que se conoce porque se ama. Con Murcia, posiblemente suceda lo segundo, se la ama de antemano y con ello parece que ya hemos llegado a donde nos guía nuestro deseo. Por eso se puede decir que hay tantas Murcias como tantos murcianos la pueblan, e incluso más; que hay tantas Murcias como tantos extraños curiosean en ella, pero no es así. Murcia sólo hay una, llena de contrastes, compleja, diferenciada, oculta, golpeada por el sol de pobres ríos, de fértiles vegas, de cielo azulón, de montañas enormes en cuyas cimas la vegetación se hace pobre, de horizontes en los que la mirada reverbera… Todo ello, al final, es Murcia, un país llamado Murcia”.

 

 

  

Excmo. Sr. Consejero de Obras Públicas, Vivienda y Transportes de la CARM

D. José Ballesta Germán

   ID: 383 - 01/08/2008 - COLABORADORES - JOSÉ BALLESTA GERMÁN



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